SI TÚ NO BAILAS CONMIGO, PREFIERO NO BAILAR

   Él era un hombre afortunado, de esos a los que Dios ha regalado una hermosa apariencia y una inteligencia sobresaliente, que armonizaban a la perfección con su simpatía y amabilidad.
    Yo siempre me he considerado tímida: en las reuniones acostumbro a pasar desapercibida porque prefiero escuchar; he conseguido hablar en público con un mínimo de coherencia tras largas sesiones de entrenamiento; y, si por alguna circunstancia ajena a mí me convierto en el centro de atención, tengo tendencia a sonrojarme, tropezarme, o incluso a tirar cosas.
   Por eso cuando aquella noche de verano él atravesó la pista para sacarme a bailar, sólo pude pensar en no hacerle mucho daño.
    La música cambió y sonó una canción de Juan Luis Guerra. Sin soltar mi mano me tomó por la cintura y comenzamos a movernos entre las otras parejas.
    Era una canción bonita, aunque yo apenas escuchaba, tratando de sonreír y no pisarle. Él bailaba, yo tropezaba con más o menos ritmo.
   Cuando la canción terminó se inclinó para que le escuchara invitarme a una copa. Mi mano todavía descansaba en la de él, y su aliento me hizo cosquillas en la mejilla. De estos detalles no fui consciente en el momento, sino horas después, mientras descubría el número exacto de grietas que atravesaban el techo de mi habitación.
    Por supuesto, dije que no a aquella copa.
    Los distintos empleos terminaron por deshacer el grupo de amigos, y sólo volví a verlo en un par de ocasiones antes de marcharme.
    Casi no logro recordar el color de sus ojos, pero lo que nunca olvidaré es la forma en que me miraban mientras sus labios tarareaban el estribillo de aquella canción: “Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar”

A POCOS LATIDOS DE DISTANCIA

    El otro día me ocurrió una cosa que me hizo pensar en algunas peculiaridades de mi pueblo; sobre todo una que me encanta, que es nuestra capacidad de adaptación. Además de España, los gallegos amamos a muchos otros países como si fuera el nuestro. Porque durante décadas, así nos lo habéis hecho sentir (pese a dejaros la “morriña”, palabra gallega que seguro conocieron de nuestras bocas)
    Hace algo más de una semana me encontré con una amiga de mi abuela. La señora tiene alrededor de noventa años y le encanta hablar; pero también escuchar. Estaba algo preocupada porque su nieto, que es arquitecto, se ha quedado sin trabajo. Está casado con una maestra que lleva en paro más de un año, y la señora me contaba que están pensando en probar suerte en Madrid o Barcelona, antes de tener que irse definitivamente de España.
    Traté de animarla diciéndole que hoy en día, con los modernos medios de comunicación, las distancias ya no son como antes. Sin embargo, por la triste mirada que me devolvió, intuí que mi idea no la consolaba en absoluto.
    —Madrid o Barcelona —repitió, meneando la cabeza—. ¿Es que no podían irse un poco más cerca, como a Buenos Aires?
    No era ironía; hablaba absolutamente en serio. Por eso bajé la cabeza y sonreí. No la corregí porque conocía la historia de su familia. Su hermana vivió y murió en América, donde fue feliz.
    Y por alguna razón, el corazón de la anciana ya no mide la distancia en kilómetros.

    CON TODO MI CARIÑO PARA QUIENES ME LEEN Y ESCRIBEN DESDE EL OTRO LADO DEL OCÉANO.