LOS CORAZONES INTACTOS

    Acabo de tener una conversación telefónica con un amigo al que quiero muchísimo, y que está sumamente triste porque su novio le ha dejado, por segunda vez. En estos casos nunca sé qué decir (pues lo de dar consejos no va demasiado conmigo), por lo que acostumbro a echar mano de algún recuerdo o historia. Ahí va esta:
     Hace tiempo, yo me sentí igual cuando un gran amor me abandonó. Lloraba desconsolada en el regazo de mi abuela, con el firme convencimiento de que jamás sería tan feliz. Ella me dejó llorar, mientras me acariciaba con sus manitas retorcidas por la edad.
    —No hay nada peor en la vida que tener el corazón destrozado —sollocé.
Mi abuela me apartó el pelo de la cara.
    —Oh, sí que lo hay.
     Levanté la cabeza y le lancé mi peor mirada. Odiaba aquella petulancia suya de quien cree saberlo todo porque ha vivido más años; sobre todo cuando, como en aquella ocasión, el dolor lacerante se asemejaba a un millar de puñales ardientes clavados en el mismo centro del pecho (sí bueno, ahora parece exageración, o grandilocuencia, pero en aquel momento expresaba a la perfección el grado de mi tristeza).
    —¿Qué puede haber, dime? — le pregunté enfadada—. ¿Qué cosa puede ser peor que que te partan el corazón?
    —Que no te lo partan.
    Sorbiendo por la nariz, le presté toda mi atención.
    —¿Te imaginas llegar al final de tus días con un corazón sin estrenar? –Chasqueó la lengua y me empujó de nuevo la cabeza hasta su regazo—. No debe haber peor cosa que morirse con el corazón intacto.
     Ahora sé que el tiempo es mucho mejor bálsamo que las palabras de una sabia, pero desde aquí os digo, mis amados corazones magullados: levantaos, arreglad el desperfecto con alguna tirita, y preparaos para la próxima batalla. Porque no debe haber peor cosa en la vida que morirse con el corazón intacto.

SI TÚ NO BAILAS CONMIGO, PREFIERO NO BAILAR

   Él era un hombre afortunado, de esos a los que Dios ha regalado una hermosa apariencia y una inteligencia sobresaliente, que armonizaban a la perfección con su simpatía y amabilidad.
    Yo siempre me he considerado tímida: en las reuniones acostumbro a pasar desapercibida porque prefiero escuchar; he conseguido hablar en público con un mínimo de coherencia tras largas sesiones de entrenamiento; y, si por alguna circunstancia ajena a mí me convierto en el centro de atención, tengo tendencia a sonrojarme, tropezarme, o incluso a tirar cosas.
   Por eso cuando aquella noche de verano él atravesó la pista para sacarme a bailar, sólo pude pensar en no hacerle mucho daño.
    La música cambió y sonó una canción de Juan Luis Guerra. Sin soltar mi mano me tomó por la cintura y comenzamos a movernos entre las otras parejas.
    Era una canción bonita, aunque yo apenas escuchaba, tratando de sonreír y no pisarle. Él bailaba, yo tropezaba con más o menos ritmo.
   Cuando la canción terminó se inclinó para que le escuchara invitarme a una copa. Mi mano todavía descansaba en la de él, y su aliento me hizo cosquillas en la mejilla. De estos detalles no fui consciente en el momento, sino horas después, mientras descubría el número exacto de grietas que atravesaban el techo de mi habitación.
    Por supuesto, dije que no a aquella copa.
    Los distintos empleos terminaron por deshacer el grupo de amigos, y sólo volví a verlo en un par de ocasiones antes de marcharme.
    Casi no logro recordar el color de sus ojos, pero lo que nunca olvidaré es la forma en que me miraban mientras sus labios tarareaban el estribillo de aquella canción: “Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar”

A POCOS LATIDOS DE DISTANCIA

    El otro día me ocurrió una cosa que me hizo pensar en algunas peculiaridades de mi pueblo; sobre todo una que me encanta, que es nuestra capacidad de adaptación. Además de España, los gallegos amamos a muchos otros países como si fuera el nuestro. Porque durante décadas, así nos lo habéis hecho sentir (pese a dejaros la “morriña”, palabra gallega que seguro conocieron de nuestras bocas)
    Hace algo más de una semana me encontré con una amiga de mi abuela. La señora tiene alrededor de noventa años y le encanta hablar; pero también escuchar. Estaba algo preocupada porque su nieto, que es arquitecto, se ha quedado sin trabajo. Está casado con una maestra que lleva en paro más de un año, y la señora me contaba que están pensando en probar suerte en Madrid o Barcelona, antes de tener que irse definitivamente de España.
    Traté de animarla diciéndole que hoy en día, con los modernos medios de comunicación, las distancias ya no son como antes. Sin embargo, por la triste mirada que me devolvió, intuí que mi idea no la consolaba en absoluto.
    —Madrid o Barcelona —repitió, meneando la cabeza—. ¿Es que no podían irse un poco más cerca, como a Buenos Aires?
    No era ironía; hablaba absolutamente en serio. Por eso bajé la cabeza y sonreí. No la corregí porque conocía la historia de su familia. Su hermana vivió y murió en América, donde fue feliz.
    Y por alguna razón, el corazón de la anciana ya no mide la distancia en kilómetros.

    CON TODO MI CARIÑO PARA QUIENES ME LEEN Y ESCRIBEN DESDE EL OTRO LADO DEL OCÉANO.

HISTORIA DE UNA FOTO

    
      Mi mejor amiga y yo dábamos un paseo hasta nuestro faro. Ella se marchaba lejos al día siguiente, y quería llevarse unas fotos del lugar para cuando la asaltase la morriña. Cuesta despedirse de los sitios por los que ha transcurrido parte de nuestro camino. 
     Hacía algunos días, mientras un grupo de amigas conversábamos frente a una humeante taza de café, ella me preguntó: “Quisiera saber adónde vas cuando te quedas así”. La miré extrañada “Así, ¿cómo?”. “Es como una especie de trance; tu cuerpo sigue con nosotros, pero tu mente está volando muy lejos”. “No lo sé”, respondí. 
     Justo después de disparar la cámara me tocó el brazo. “¿Quieres irte ya?”, dije sorprendida, girándome hacia ella. Hacía poco que habíamos llegado (o, por lo menos, a mí me parecía poco). Negó con la cabeza y me mostró la pantalla de la cámara. Era mi perfil. Apoyada en la barandilla del faro, el viento del norte me revolvía el pelo mientras miraba al horizonte con mi eterna aura melancólica, la cual acarreo ya con la misma resignación que cualquier otro rasgo genético.
     “A esto me refería el otro día, ¿qué piensas cuando estás así?”, preguntó, antes de añadir con una sonrisa. “¿En la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal y la importancia de los finales felices, o quizás en lo que pasa después de que el príncipe mata al dragón y comienza a vivir con la princesa, mientras ambos son devorados por la rutina…?”. La escuché pacientemente enumerar con ironía los argumentos de nuestras últimas charlas. Suspirando, negué con la cabeza. “No, en realidad pensaba en tus nuevos horizontes. En toda la suerte que te deseo. Y en lo mucho que te vamos a echar de menos” La ironía de su sonrisa fue sustituida por ternura, y el brillo de las lágrimas licuó su mirada. Entonces me abrazó “Yo también os voy a echar mucho de menos”.
      Permanecimos abrazadas durante algunos minutos más, tiempo suficiente para que el sol tocara la línea del horizonte y comenzara el ocaso. Nuestro faro se encendió de repente, proyectando su potente luz y alejando la inminente oscuridad. Las dos miramos hacia arriba y sonreímos. Decidimos volver al pueblo y el brillante resplandor iluminó nuestro camino de regreso.
     “Aquel era un buen presagio, un magnífico presagio”. En eso pensaba, mientras regresábamos a casa.

¿LOCOS O CUERDOS?

Cerca de donde vivo hay una ciudad grande. Allí vive una mujer que todo el mundo dice que está loca. No sé mucho de ella. Tendrá unos sesenta años y pasa el día caminando de un lado a otro. Arrastra un carro de supermercado repleto de cosas, vestida con toda la ropa que posee.
     El otro día quedé con una amiga que vive frente a la playa. Llamé a su casa pero, como todavía no había llegado, me senté a esperarla en un banco. Entonces vi a la anciana acercarse por el paseo marítimo. Se detuvo frente a mí y me miró. “Estás en mi banco”, me dijo. Me pilló desprevenida. “Lo siento”, respondí levantándome. Se sentó y me observó durante unos segundos. “Puedes sentarte, que no muerdo”. Comprobé que en la casa de mi amiga todavía no había señales de ella.
      “¿Quieres ver una cosa?”, preguntó la anciana. Asintiendo me acomodé a su lado. Introdujo la mano entre la multitud de capas de ropa y sacó una especie de catalejo. Me lo tendió, y yo miré a través de la lente. Sorprendida giré aquel cacharro; una explosión de colores y formas surgieron ante mí. No era un catalejo, sino un caleidoscopio. Después de un rato se lo devolví sonriendo. Lo volvió a guardar y se marchó. Cuando ya estaba lejos se giró. “¿Por qué no podremos volar?”, me gritó. Me encogí de hombros, y ella continuó su camino.
     Se lo conté a mi amiga mientras preparaba café. Ella me miró y le restó importancia con un gesto de la mano. “Está loca”
    Ahora lo comparto porque en el fondo, algo me dice que está más cuerda que todos nosotros.